Cada vez que sale una herramienta nueva de inteligencia artificial, alguien anuncia el fin del marketing tradicional. Que si los redactores van a desaparecer, que si los estrategas ya no hacen falta, que si todo lo va a hacer un modelo de lenguaje.

La realidad es más aburrida y, al mismo tiempo, mucho más interesante.

La IA amplifica, no reemplaza

Un buen estratega con buenas herramientas sigue siendo imbatible. Un mal estratega con las mejores herramientas del mundo sigue tomando malas decisiones. La IA no piensa por ti. No tiene intuición, no tiene criterio, no tiene experiencia acumulada de cientos de campañas que fallaron hasta que algo funcionó. Lo que tiene es capacidad de proceso, de patrón, de escala.

¿Qué cambia entonces?

Cambia la velocidad de ejecución. Cambia la capacidad de probar más variantes en menos tiempo. Cambia la barrera de entrada para hacer cosas que antes requerían equipos grandes. Pero lo que no cambia es la necesidad de: saber qué pregunta hacerle a la IA, interpretar lo que devuelve con criterio, decidir si eso sirve o no para el contexto concreto, y asumir la responsabilidad de la decisión final.

El riesgo real

El riesgo no es que la IA te quite el trabajo. El riesgo es que uses la IA para hacer más rápido lo que no deberías estar haciendo. Más ruido, más volumen, más mediocridad escalada. La IA como amplificador del criterio humano es imbatible. La IA como sustituto del criterio humano es una trampa.

— Publicado originalmente en Vikingia.

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